La inmolación de Sebastián Acevedo - Por Quintín Oyarzo.



Al cumplirse este 24 de abril dos años del fallecimiento del periodista investigador y editor de medios Quintín Oyarzo (1950-2009), destacado colega y amigo, hemos querido publicar un adelanto de su libro "Crónicas, mini-cuentos y otras barretas", que será editado este año por INTERIORDIA. 

La tarde del 11 de noviembre de 1983, Quintín Oyarzo fue testigo de la inmolación de Sebastián Acevedo. El gesto de este padre desesperado, que se quemó “a lo bonzo” porque sus hijos estaban en manos de la CNI (Central Nacional de Informaciones, la policía política del régimen militar) conmovió al país e incluso hizo que el Movimiento Contra la Tortura liderado por el sacerdote José Aldunate adoptase, poco tiempo después, el nombre del obrero mártir. Aquella tarde, sobreponiéndose al shock de lo presenciado y haciendo primar sus reflejos de periodista, Quintín caminó unas cuadras desde la Plaza de Armas de Concepción hacia la calle Colo-Colo, donde se encontraba el edificio del diario El Sur, subió las escaleras hasta la sala de redacción ubicada en el segundo piso, se sentó frente a la máquina de escribir y empezó a redactar la crónica de lo que había visto. También hizo el despacho telefónico, en calidad de corresponsal, para Radio Chilena de Santiago. Una vez que terminó su relato, enmudeció. El radiocontrolador que estaba grabando su reporte le dijo que tenía que cerrar el despacho, a la usanza de los periodistas radiales, dando su nombre y mencionando la ciudad desde la cual estaba informando. Quintín, por esa única vez, no pudo. Le dijo que lo dejara simplemente así, tal cual estaba. Luego colgó. El despacho salió al aire con esos segundos de silencio emocionado, que reflejaban mejor que cualquier otro recurso que, cuando se trata de describir el horror y lo inimaginable, hasta el mejor reportero se queda sin palabras.

Para describir lo que sucedió ayer a las 16:00 horas a los pies de la cruz de madera, frente a la Catedral de Concepción, sólo hay una palabra: horrible.

Y una pregunta: ¿Por qué?

Sebastián Acevedo Becerra, de 50 años, empleado de la constructora Lago Ranco Limitada y padre de dos personas que fueron detenidas el 9 del presente, sin duda estaba desesperado. Quería saber dónde se encontraban sus hijos María Candelaria y Galo Fernando Acevedo Sáez y para ello, como había confesado poco antes de quemarse “a lo bonzo” en pleno centro penquista, estaba dispuesto a todo.

-Me voy a crucificar o me voy a quemar vivo- había dicho.

La tragedia comenzó a gestarse -si es que se puede poner inicio y final a la desesperación- en la tarde del jueves, cuando Acevedo Becerra dio a conocer sus intenciones a familiares y personas como él, que buscaban una respuesta luego que sus familiares desaparecieran.

Ayer en la mañana, luego de hablar con la abogada Martita Wörner Tapia, y ya sin ocultar lo desesperado que estaba, recorrió algunos medios informativos para plantear su problema y entregar copia de una carta dirigida al Intendente Regional solicitando que éste interviniera.

Su recorrido también incluyó el Departamento Arquidiocesano de Comunicación Social. A las puertas materiales de la Iglesia Católica llegó alrededor de las 13:00 horas y allí anunció que se iba a quemar “a lo bonzo” para llamar la atención y recibir una respuesta acerca del paradero de sus hijos.

Dado lo avanzado de la hora y ante el inminente cierre de las oficinas se le pidió que regresara en la tarde, a las 15:30 horas, para ser entrevistado y entregar su testimonio en los programas radiales que difunde el Arzobispado.

Regresó a la hora indicada.

En sus manos portaba dos bidones. Uno de lata y otro de plástico. Cada uno con cuatro y medio litros de bencina.

Habló con el auxiliar y pidió conversar con alguien para entregar un mensaje antes de consumar su última decisión.

Por citófono se avisó al tercer piso y bajaron algunas personas lo más rápido que se pudo, ya que Acevedo Becerra, fuera de sí, se había sacado el vestón de color azul que llevaba y comenzó a vaciar el contenido de uno de los bidones sobre su cuerpo.

Luego huyó hacia la calle con el otro envase lleno de bencina, sin querer escuchar a nadie de los que le hablaban y trataban de convencerlo para que desistiera de sus propósitos.

Camino hacia la cruz terminó de vaciarse encima la bencina que quedaba.

A esas alturas la gente ya se dio cuenta que algo raro pasaba. Sobre todo, porque el hombre iba gritando y reclamando públicamente para saber el paradero de sus hijos.

Varios que trataron de acercarse fueron alejados con una tajante amenaza:

-Si se acercan, prendo el encendedor de inmediato.

Su mano derecha aferraba el pequeño artefacto con fuerza, con desesperación.

Al pie de la cruz, en el lugar de su inmolación, dio la espalda al símbolo de la cristiandad y a las puertas principales del templo más grande que posee en Concepción. Alzó su brazo izquierdo y siguió hablando a gritos. Su planteamiento era el mismo: saber el paradero de sus hijos que, según el, estaban en poder de la Central Nacional de Informaciones (CNI).

Quien escribe estas líneas también trató de hacer algo, pero cuando estaba a menos de cinco metros de distancia de Acevedo Becerra éste hizo accionar el encendedor, que poco antes había comprado en la Galería Alessandri.

Un poco más allá un oficial y un funcionario de Carabineros trataron -inútilmente- de evitarlo, al igual que le secretario general del Arzobispado, padre Juan Bautista Robles.

Todos tuvieron que retroceder ante la furia del fuego y la indiscutible decisión y “valentía”, como afirmó uno de los policías que estaba en el lugar.

Después, con sus brazos en alto y envuelto en llamas, Sebastián Acevedo Becerra quien había nacido el 20 de enero de 1922 caminó. Bajó lentamente las gradas de la escala de la Catedral. Recorrió toda la explanada. Pasó entre dos automóviles y, finalmente, cayó en la acera sur de la Plaza Independencia, junto a los árboles y los horrorizados transeúntes.

Varias mujeres gritaron histéricas.

Algunos estudiantes, sin entender por qué se había roto la monotonía de una tarde primaveral, miraban sin poder moverse ni articular palabra.

Dos o tres taxistas sacaron sus extinguidores y el junior de una empresa se quitó su guardapolvo y se lo lanzó encima.

Al fin las llamas fueron sofocadas.

Más tarde se informó en el Servicio de Urgencia del Hospital Regional que tenía el noventa por ciento del cuerpo quemado.

El sacerdote Enrique Moreno Laval se puso en cuclillas a su lado y oró junto a él. También tuvo la oportunidad de escuchar sus palabras:

-Quiero que la CNI devuelva a mis hijos… Quiero que la CNI devuelva a mis hijos. Señor, perdónalos a ellos y también perdóname a mí por este sacrificio.

Carabineros hizo lo imposible por ordenar la situación mientras varias personas pedían a gritos que se llamara a una ambulancia. Otro pidió una frazada para cubrirlo.

La ambulancia no llegó y, al final, se organizó su traslado al Hospital Regional con ayuda de un furgón bajo la coordinación del propio Prefecto de Carabineros, coronel Luis Salgado, y sus oficiales ayudantes.

Un funcionario del Arzobispado que llevaba una grabadora en sus manos y que la mantuvo abierta en todo momento rompió a llorar.

La gente comenzó a gritar e insultar a los carabineros, y muchos expresaron su opinión:

-Esto no puede ser, ya es hora que este país se arregle, porque hemos llegado a límites increíbles.

Al pie de la cruz, levantada como símbolo de la reconciliación, hasta ayer tarde todavía se notaba una mancha negra, un signo de la inmolación de un padre desesperado.

ÚLTIMA HORA:

Al cierre de esta edición, el médico de turno del Servicio de Urgencia del Hospital Clínico Regional informó a El Sur que el paciente Sebastián Acevedo había fallecido a las 23:45 horas de anoche. Su cuerpo fue remitido a Medicina Legal para la autopsia correspondiente.

Comentarios

Ruben ha dicho que…
Me parece muy saludable que se recuerde a personas, como Quintín, que han aportado para que en este país nunca más se vuelvan a repetir los horrores vividos en dictadura. La inmolación de Sebastián Acevedo fue un episodio de desesperación llevada al extremo. A la distancia, gracias Quintín.
PRE-ESCOLAR ha dicho que…
Me parece doloroso el relato delperiodista y la idea de publicar un libro en su honor enaltece alos ojos de todos aquellos que vivimos esa época.
Sólo me queda sugerir ...que lo de otras barretas...no meparece decidor en eltítulo,llevaría a confusión.
Al respecto estuve buscando en el diccionario y no hay una definición para esto.de "barretas"
Mejor dejelo sin ...eso de "Otras barretas"...por otras historias o relatos",que es menos chunga.
lomismonoesigual ha dicho que…
Lo de "otras barretas" es justamente lo que identifica, para quienes lo conocimos en la intimidad del trabajo periodístico, la esencia del humor de Quintín y su forma de ser. Era una muletilla que usaba a diario. Un abrazo a la distancia Quintín.

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