La gloria de Tintín: el Musée Hergé por dentro





(Desde Lovain-la-Neuve, Bélgica, por Gilberto Villarroel, editor de InteriorDIA y miembro de la Agrupación de Narrativa Gráfica, ANG).

Imposible resistirse a la tentación, estando en el norte de Francia, de cruzar la frontera para visitar el Musée Hergé, en Bélgica.

El viaje en automóvil a través de la autopista desde Valenciennes es rápido, pero la señalización es escasa en la ruta hacia Lovain-la-Neuve. Apenas un par de indicaciones durante el camino. Pero habiendo hecho la búsqueda primero en Internet y en los mapas camineros de Michelin, no es tan difícil. De todos modos hay que estar atentos para no pasar de largo, especialmente cuando un letrero abrevia el nombre a LLN. En cambio, quienes llegan  en tren desde Bruselas bajan en la estación de Lovain-la-Neuve, se encuentran con la señalización apenas salen y, en menos de cinco minutos, con una pasarela de madera que los deja directamente frente a la entrada principal del museo, apropiadamente enmarcada con una viñeta gigante de Tintín (caminando en un muelle, imagen extraída del álbum “El cangrejo de las pinzas de oro”) y con la firma de Hergé en el frontis.

En cambio, quienes llegamos desde la carretera tenemos que estacionar a un par de cuadras, subir una loma a través de un acceso compartido con ciclistas y pasar junto a un prado sobre el cual reposa el museo. Visto desde lejos, parece un barco a punto de zarpar. O una nave encallada junto a un bosque. Ninguna indicación en el costado, aunque, al divisar la tienda, con todos los souvenirs de Tintín en el interior, sabemos que hemos llegado al lugar correcto. Una discreta puerta, construida así a propósito, despierta la curiosidad e invita a ingresar, como si uno estuviese formando parte ya de una aventura.

Todo ha sido cuidadosamente planificado en este edificio cuya arquitectura se debe a Christian de Portzamparc (autor, entre otras obras, de la Ciudad de la Música, en París), quien no dejó nada al azar para honrar la creatividad del dibujante belga Georges Remi (1907-1983), conocido en todo el mundo como Hergé.

Cada volumen del museo tiene un color y reproduce líneas que aluden a alguna de las creaciones de Hergé, aunque de manera sutil, pues su viuda, Fanny Rodwell, no quería que el artista fuese identificado solamente con Tintín. Así, el cuadriculado del cohete de los dos álbumes del viaje a la Luna (“Objetivo: la Luna” y “Hemos pisado la Luna”), aparece acá citado en discretos tonos azules y no en un tablero rojo y blanco, como en el cómic. Es justamente en esta sección donde, una vez que se ha pagado la entrada (nivel 1) y recibido la audio-guía en el idioma que el visitante escoja, se aborda un ascensor, como quien sube a un cohete, para llegar hasta el tercer piso (nivel 3), donde empieza el recorrido, en orden descendente.

La vista desde arriba hacia el otro lado, en dirección a la ciudad y la estación de tren, es sorprendente, porque lo que hay es un bosque, absolutamente integrado al espacio del museo. Armonía, belleza, líneas claras, como en los cómics de Hergé.

Tal como se indica en el catálogo de 475 páginas -que se puede adquirir, por casi 50 Euros y en distintos idiomas, en la tienda del museo- la vida se Hergé se presenta dividida en tres secciones:

1.Un hombre del arte, en el nivel 3, donde se inicia el recorrido.

2.Los mundos de Tintín, en los niveles 3 y 2, siempre descendiendo a través de escaleras.

3.Un clásico del Siglo XX, en el nivel 2.

Toda la exposición se encuentra repartida en un total de 11 salas:

1.Antesala.
2.El recorrido de una vida.
3.Un hombre de imágenes.
4.Las creaciones múltiples.
5.Una familia de papel (los personajes).
6.Cine: las referencias. Auditorio para ver películas.
7.El laboratorio.
8.El museo de etnografía.
9.El jefe del estudio Hergé.
10.El gabinete de los dibujos.
11.La gloria de Hergé.

Imposible describir toda la muestra en un espacio tan pequeño. Ya lo dije, el catálogo del museo tiene 475 páginas y vale la pena agregarlo a la maleta.

Algunos apuntes de detalles que llamaron mi atención durante el recorrido:

1.La versatilidad de Hergé. Viajero, dibujante publicitario, creador de numerosos personajes, coleccionista de arte moderno, son muchas las facetas de este artista que salen a la luz en la muestra. Al final, no sorprende tanto verlo tuteándose con Andy Warhol, quien pintó su retrato, o saber que los estudios Disney le enviaron un “Mickey de honor”, tal vez arrepentidos porque cuando él, muchos años antes, quiso trabajar con ellos, nunca le respondieron. Personalmente me emocionó saber que trabajó junto a Edgar P. Jacobs, el creador de Blaker & Mortimer, otro cómic belga que los niños de la generación “Mampato” leímos en Chile, en esta recordada revista, en los años 70 (al igual que Bernard Prince, de Hermann, y tantos otros).

La expo le hace honor a su versatilidad y hay documentales, música a tono con los paisajes y épocas que describen sus cómics, fotos en 3D, juguetes, portadas antiguas, maquetas, testimonios de filósofos y pensadores contemporáneos sobre el contenido de sus libros, bocetos, planchas originales,  y el borrador de “Tintín y el arte-alfa”, publicado en 1986 como obra póstuma. De nuevo, todo está bien pensado. Hay taburetes para que los más chicos, como mi hijo de 3 años, puedan manipular por sí mismos los visores que permiten mirar fotos de paisajes exóticos en 3D, que son las locaciones en que transcurren las aventuras de Tintín. Ver la sonrisa de un niño después de haber vivido esa experiencia es algo impagable.

2.La gloria de Hergé. No se entiende sin la caída en desgracia previa. En este caso, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando es citado a los tribunales por su conducta pasiva durante la guerra. Aunque es exculpado, la pasa muy mal. Está deprimido, su madre muere en un asilo para pacientes con problemas psiquiátricos, no tiene pega. Realiza trabajos publicitarios, piensa en emigrar a Sudamérica. El editor belga Raymond Leblanc –miembro acreditado de la resistencia- lo ayuda y, en la primavera de 1946, le propone fundar un semanario juvenil con el nombre de Tintín, personaje del cual viene publicando historias desde 1929. Hasta la fecha, los álbumes de Tintín han vendido más de 200 millones de ejemplares en todo el mundo y han sido traducidos a las principales lenguas. Toda la polémica que rodeó a sus primeras obras: las acusaciones de racismo contra el álbum “Tintín en el Congo”, el sufrimiento de los chinos bajo la ocupación japonesa en “El loto azul” (el personaje Tchang existió en la vida real, era un estudiante de arte amigo de Hergé y varios años después volvieron a reunirse; Hergé homenajeó esta amistad en “Tintín en el Tíbet”) , la mirada paternalista al Tercer Mundo, todo encuentra su espacio de debate y análisis. Nadie le saca el poto a la jeringa y queda claro que el propio Hergé desistió de retocar y corregir algunos álbumes tempranos, como “Tintín en el país de los soviets”, para que quedasen como un documento que reflejaba su trabajo en una época determinada.

3.El estilo propio. Encontrarlo es lo más difícil para cualquier artista. Revisando los archivos de Hergé queda claro que supo armar la ecuación de inspiración/transpiración y que la transpiración ocupó un lugar importante, investigando a fondos sobre temas científicos para dar más realismo a sus relatos y usando su sentido del humor para construir personajes entrañables, como el profesor Tornasol, científico excéntrico o “sabio loco” inspirado en el físico suizo Auguste Picard, a quien se parece muchísimo, al menos físicamente. Finalmente sus obras poseen, como elementos unificadores, una gran belleza, una armonía de diseño que impregna todo el universo de Tintín y de sus otras creaciones. Y detrás de eso no hay otra cosa que un profundo humanismo. Por eso su obra es ya un patrimonio mundial. De todos modos, hay que tener cuidado con los franceses y los belgas, que se cabrean un poco cuando uno pronuncia Tintín en vez de “tantán” y que no soportan que los latinoamericanos llamemos Hernández y Fernández a Dupond y Dupont (en el museo hay dos sombreros, amarrados a una cuerda, que los visitantes se pueden poner para estar un rato en el lugar de estos torpes detectives).

A la salida, aunque es temprano, ya se ha hecho de noche. Es invierno. El museo cierra a las 17:30 horas, pero los amables encargados de la recepción nos dan dado datos de “picadas” para ir a buscar tartas de queso con verduras y para degustar cervezas locales en la ciudad cercana de Nouvelles. Bajo un cielo claro, asoma la luna. Disparo una última foto, para encuadrar a este museo, que parece un barco a punto de hacerse a la mar, junto a esta misma Luna sobre la cual, gracias a la imaginación de Hergé, Tintín caminó en 1954. El resto es silencio o, en mi caso, cerveza...

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