Para qué leemos

A propósito del Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor, aquí está la columna que mi amiga Lorena Ruiz me invió a publicar en El Mercurio de Valparaíso.
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Para qué leemos
Por Gilberto Villarroel , editor de InteriorDIA y Midia.
El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.  La fecha fue escogida por la Unesco pues coincide –aunque algunos dicen que no del todo- con la muerte de William Shakespeare, Miguel de Cervantes y Garcilaso de la Vega.  Tres pesos pesados de la literatura mundial que, simplemente, modificaron nuestra manera de percibir el mundo.  “Shakespeare, la invención de lo humano”, escribió Harold Bloom. No es poco.
La fecha nos pilla terremoteados e incendiados, lamentando las consecuencias de las tragedias del primer semestre, como un país de emergencias permanentes que somos.  Y es que las emergencias se notan más cuando la infraestructura con que las enfrentamos es la de un país subdesarrollado. 
En un contexto así, cabe preguntarse ¿para qué leer? Sabemos que muchos no lo hacen o que lo hacen apenas una vez al año, para las vacaciones. Ahí se impone el best-seller del verano: la novela adictiva, el horóscopo del año que viene o el último libro de humor. Y luego de regreso a la pega.
¿Y los que leemos?¿Para qué lo hacemos?
Leemos para entretenernos, por cierto, como todo el mundo lo hace en verano.  Gozamos, cuando niños, con los engaños de Ulises al cíclope y, más tarde, con la saga “Millennium”, que nos dejó insomnes varias noches. La entretención es un aspecto de nuestra relación con los libros.  Pero también podemos leer para aburrirnos, como lo esperaba Bret Easton Ellis en sus novelones de los años 90, que estaban hechos para saltarse páginas, para hacer zapping, como una manera de imitar la experiencia audiovisual.
Leemos para recordar, para no perder la memoria, desde el Informe Rettig hasta Bolaño. Leemos para aprender a olvidar, de la mano de Borges, porque no se puede recordar todo durante todo el tiempo sin quedar paralizado.
Leemos para reír, ya sea con Rufino, Hervi, Guillo, Montt, Malaimagen o Aiquel.  Leemos para llorar a moco tendido, ya sea con el final de “La carretera”, de McCarthy, o con el amor imposible de Gatsby, pues todos hemos sido Gatsby –o Florentino Ariza, el álter ego de Gabo- al menos una vez en la vida.
Leemos para aprender de algún gurú como Steve Jobs o de los chicos de Pixar. Leemos para soñar, como los personajes de Bolaño (otra vez Bolaño, porque Bolaño, en una escala planetaria, la lleva… ).
Leemos para desafiar a la muerte, para mirarla a los ojos o para tratar de entenderla, ya sea de la mano de la edición latinoamericana de la Biblia o de los libros del doctor Moody o de Rudolf Steiner. Leemos para desordenar el tiempo, para relativizarlo, para congelarlo, para saltar por encima de él, como el Doctor Manhattan en “Watchmen”.
Leemos para escapar de nuestras vidas ordinarias, para salir a cazar a Moby Dick y a Mocha Dick. Leemos para zambullirnos en los aspectos extraordinarios de nuestras propias vidas, buceando en nuestro árbol genealógico con la ayuda de Jodorowsky, para intentar sanarnos desde la biografía.
Leemos para  asustarnos. Dejamos que H.P. Lovecraft nos taladrase la cabeza con horrores inenarrables, anteriores al concepto mismo de humanidad. Leemos para ser valientes como Tarzán, El Fantasma, el Príncipe Valiente,  Flash Gordon, Batman, Sharpe o como los personajes trasnochados de La Carré, que buscan desesperadamente algún tipo de redención, aunque sea simbólica.
Leemos para tener los pies en la tierra, como Maquiavelo. O para alejarnos y volar a su alrededor, como Superman. Leemos a Jaimie Oliver para aprender las recetas de cocina y a Tony Bourdain para viajar sin movernos.
Leemos para descubrir, como Mampato, que todas las dictaduras tienen fecha de vencimiento, que los mutantes a veces se rebelan y que un buen amigo vale por un ejército.
Leemos para perdernos en los laberintos del sexo, como Catherine Millet. Leemos para encontrarnos, como Chopra.
Leemos para disfrutar del lenguaje, como Maturana, y para deconstruirlo y reinventarlo, como Parra.
Leemos para comparar el libro con la película, como “2001: Una odisea espacial”.
Leemos para entender por qué se producen los terremotos y cómo prevenir los incendios.
Leemos a los que piensan distinto, para conocerlos. Leemos a los amigos, para quererlos más.
Leemos para vivir. Leemos porque estamos vivos. Leemos porque aspiramos, como los libros, a la inmortalidad.

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