Quintín Oyarzo (1950-2009): Ese irrefrenable deseo de querer decir la verdad



Este viernes 24 de abril se cumplen seis años desde la partida de mi gran amigo Quintín Oyarzo. Desde hace tres años circula, como libro impreso y electrónico, "Crónicas y Minicuentos", obra póstuma de este excepcional reportero, editada por InteriorDIA, lanzada en 2012 en la Universidad de Concepción y en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Este es el prólogo que escribí para el libro.

 -¡Barretas! – decía Quintín, con tono socarrón, cuando algo le parecía exageradamente inverosímil, irrelevante o poco fundamentado. El término tenía toda la ambigüedad del “inamible” de Baldomero Lillo y, como no aparece en el diccionario, solamente cabía sospechar que lo podía haber robado en alguna incursión periodística a través de los barrios mineros de Lota y Coronel. O tal vez lo trajo consigo de más al sur, de la época en que era un niño que vivía sobre un palafito en Punta Arenas y le gustaba arrojar las ollas y sartenes de su madre al agua para observar cómo flotaban y se iban navegando como pequeños botes arrastrados por la corriente del Estrecho de Magallanes.

Conocí a Quintín en 1985, cuando llegué a hacer mi práctica al diario "El Sur" de Concepción y, aunque era un poco cascarrabias e impaciente con los estudiantes, se notaba que era el más avispado de todos los periodistas de la redacción, así que rápidamente empecé a hacerle caso y a seguir todos sus consejos. Mi práctica de tres meses se convirtió en una residencia de casi tres años, con contrato, en el diario. Y durante ese tiempo fue mi mentor y mi amigo.

Lo vi cubriendo sin temor alguno, en años muy oscuros, informaciones y casos sobre derechos humanos, conflictos sindicales, crisis universitarias y bajando a los pirquenes de Lota y Coronel en improvisados ascensores que los mineros hacían con neumáticos y cuerdas. Pirquenes que semanas después se inundaban, llevándose a los mismos trabajadores cuyas penurias Quintín había retratado fielmente en el diario. Vidas frágiles, como lo eran las nuestras en ese momento, expuestas a cualquier tipo de contingencia o a las políticas del Estado.

Supe de personas que recibieron su ayuda, discretamente, sin pedir nada a cambio, cuando trabajaba como periodista en el Departamento de Comunicaciones del Arzobispado de Concepción. Vi cómo prestó generosamente su casa para comidas entre líderes de opinión que requerían un ambiente más discreto para negociar cualquier cosa. Me enseñó que las mejores exclusivas podían salir en medio de una noche de
carrete, con apuntes escritos al pasar en una servilleta. Lo vi entrevistar a dirigentes sindicales en la sala de redacción del diario “El Sur”, tomando apuntes en su máquina de escribir, que tecleaba a una velocidad endemoniada, y luego, una vez terminada la conversación, arrancar con gesto triunfal de la máquina la carilla de papel amarillo con la entrevista perfectamente transcrita y editada, con encabezado y todo, llamar al fotógrafo para que retratara al dirigente, poner una hoja verde en la máquina para escribir la lectura de foto, sacar la hoja, poner una carilla rosada para escribir el título, para a continuación juntar todo el material, doblarlo en dos y dejarlo caer sobre la bandeja del editor a una velocidad supersónica. Conversación terminada, nota despachada, cada hoja de papel identificada para la imprenta con los correspondientes colores. Y así todo el día. Carilla tras carilla. Noticia tras noticia. El más rápido, el más prolífico.


“Ojalá vivas tiempos interesantes”, dice un antiguo proverbio chino que tiene más bien el tono de una velada amenaza. Quintín es uno de aquellos afortunados que vivió tiempos turbulentos, de muchos cambios, y supo convertirse en fiel testigo de su época. Pertenece a una generación que estudió Periodismo en la Universidad de Concepción a comienzos de los 70 y que recibía en las Escuelas de Verano a personajes de la talla de Pablo Neruda y Julio Cortázar, en actividades extra-programáticas que eran organizadas por los propios alumnos.  Tras el golpe militar de 1973, sus estudios quedaron incompletos. Recuerdo que algún envidioso me dijo alguna vez, en un pasillo:

-Quintín no es periodista.

Se refería, por supuesto, a que no había completado los estudios universitarios por razones, como dije, ajenas a su voluntad y a la voluntad de muchos chilenos. Pero Quintín se había ganado el título en la calle hace rato, ayudando a darle voz a los sin voz en una época en que la prensa, aunque no le correspondiera, tenía que llenar a veces los vacíos de otras instituciones que no hacían bien su pega o que estaban momentáneamente clausuradas. Humildemente, cuando vino la transición democrática, regresó a las aulas a completar sus estudios, redactó una tesis y se graduó. Y volvió a la calle. Derrochaba energía. Fue presidente del Sindicato de Trabajadores del diario “El Sur” de Concepción (hicimos juntos una huelga en plena dictadura) y dirigente del Consejo Regional Biobío del Colegio de Periodistas.

Las crónicas, columnas de opinión, entrevistas y reportajes que aparecen en este libro son una selección del trabajo realizado por Quintín Oyarzo a lo largo de treinta años, entre 1979 y 2009, en el “Diario Color” y en el diario “El Sur”, ambos de Concepción, en el  diario “La Nación” de Santiago, fue donde fue editor, en el portal de noticias “Primera Plana”, que ayudó a fundar y en la revista “El Periodista”.

No aparecen aquí, porque no quedan archivos grabados, extractos de sus     
andanzas como director de prensa de Radio Regional, en Concepción, donde, en vísperas del plebiscito del 88, logró sacudir el escenario informativo local y concentrar la sintonía de miles de personas que querían escuchar aquellas noticias que no salían en la TV.

En la década de los 80, después de reportear todo el día en el diario “El Sur”, lo vi trabajando hasta tarde en la radio, escribiendo los libretos del informativo que saldría al aire al día siguiente. Aunque originalmente yo iba con la idea de acompañarlo hasta que se desocupara, para salir después a comer al “Nuria” o a cualquier otro sitio de la noche penquista, donde dirigentes sindicales, profesores y políticos llegaban siempre a contar alguna primicia, a él, que tipeaba frenéticamente sobre la máquina de escribir, no le parecía buena idea verme ocioso y acostumbraba a darme órdenes secas y perentorias:

-¡Siéntate y escribe algo!

Fue mi primera incursión en el mundo de la radio, al cual estuve ligado después durante veinte años. También eso se lo debo a él. Más tarde, cuando concretó su desembarco en Santiago, como editor por La Nación, con una curiosidad farandulera incluida (el Boloccazo), siempre fue un auditor atento y exigente, que llamaba a mi radio para compartir datos o corregir informaciones.

Similar dedicación manifestó cuando se convirtió en asesor de prensa. Llamó una vez para pedirme la biografía de O´Higgins escrita por Benjamín Vicuña Mackenna con el fin de leerla y extractar frases históricas solamente para que un ministro concertacionista pudiese hablar con propiedad en el discurso de celebración del natalicio del Padre de la Patria.

Compartíamos el amor por los libros y las películas, que ambos coleccionábamos. Cuando trabajó en Santiago, como editor en la agencia de noticias Orbe, en una oficina minúscula, y como director y fundador del portal de noticias Primera Plana, coordinando desde su casa a un equipo de periodistas y columnistas, siempre nos dejábamos, los fines de semana, un tiempo libre para ir al cine a ver películas como “Master and Comander (Capitán de Mar y Guerra)” o para repetirnos en DVD “Das Boot (El Submarino)” y el corte final del director de “The Wild Bunch (La Pandilla Salvaje)”.

Y recuerdo que en Concepción, cuando yo era un estudiante que recién había terminado su práctica en “El Sur”, siempre era posible encontrar en su casa películas prohibidas, como “Patagonia sangrienta” y los videos del ICTUS, que circulaban de mano a mano a través de redes sociales que funcionaban en una época en que no había Internet ni teléfonos celulares. En su casa encontré libros de periodismo investigativo como “Bomba en una calle de Palermo”, de Edwin Harrington y Mónica González, que formaban parte de un impresionante archivo periodístico al cual se sumaban los boletines de la Vicaría de la Solidaridad y todo aquello que él pudiese considerar de interés para construir y reconstruir una memoria que estaba en pugna con las versiones oficiales. Constructor de memoria, testigo de su tiempo.

A través de las páginas que escribió desfilan personajes clave de la vida nacional y latinoamericana de los últimos treinta años: Jaime Guzmán, Patricio Aylwin, Sergio Onofre Jarpa, Hernán Cubillos, el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, Hebe Pastor de Bonafini, Enrique Urrutia Manzano, Manuel Bustos y Clotario Blest, entre otros. Juntos pero no revueltos, porque detrás de la grabadora o de la libreta de apuntes sus entrevistados siempre se encontraron con un hombre que tenía un punto de vista sobre la realidad y que estaba absolutamente informado respecto a los temas sobre los cuales estaban conversando. Cuando dejó el diario “El Sur” Quintín dijo, en una entrevista:

-No me enjuago la boca con la objetividad, porque esa cosa para mi es utopía.

Pero una cosa es tener un punto de vista y la otra es ser respetuoso con la mirada de quienes piensan distinto. El ex Canciller de Pinochet, Hernán Cubillos, a quien Quintín entrevistó en el yate “Caleuche”, en Talcahuano, durante una escala de la regata de las Mil Millas, le escribió una carta en la que agradecía la forma en que desarrolló una entrevista política en profundidad en la cual conversaron de todo menos de deportes:

-Si bien no hablamos mucho de yates, en verdad conversamos de otras cosas interesantes, las que Usted reprodujo con inteligencia, exactitud y profesionalismo.

Qué mejor reconocimiento que el de alguien que, políticamente, estaba en las antípodas de Quintín.  A su “deseo irrefrenable de querer decir la verdad”, como definió alguna vez al quehacer periodístico, sumaba aquel respeto por las fuentes y por los lectores, por el público, que lo sitúan a años luz de aquellos periodistas que siempre vieron el ejercicio de la profesión como un trámite burocrático que había que sortear antes de fabricarse una carrera como escritores. No es necesario nombrarlos. Muchos de ellos, chilenos y extranjeros, se jactan ahora de haber adornado sus historias cuando eran jóvenes reporteros, cambiando datos por aquí y por allá, para darles más colorido, para hacerlas más sabrosas, menos aburridas, más interesantes. Quintín nunca necesitó recurrir a dichos trucos. El periodismo era periodismo y la literatura, otra cosa. Lo que no significaba que no pudiese escribir literatura. Pero eran mundos distintos, que corrían a través de carriles diferentes. Pasaron muchos años para que, con la madurez del camino recorrido, se animara a escribir sus mini-cuentos y a enviar algunos de ellos al portal de la BBC de Londres, donde fueron publicados.  Pero nunca trató de pasar gato por liebre a nadie.

También hay personajes anónimos en estas crónicas y reportajes. Uno de ellos es Sebastián Acevedo, un padre desesperado por la detención de sus hijos por parte de la CNI (Central Nacional de Informaciones), que protestó quemándose a lo bonzo en la plaza de Concepción, delante de Quintín, quien inútilmente trató de disuadirlo y que después, apenas pasado el shock por lo visto, tuvo que ir al diario “El Sur” a escribir la crónica y enviar el despacho radial a Santiago, como corresponsal de Radio Chilena. Este texto, escrito con profunda humanidad, con dolor, respeto e impotencia, debiera ser referencia obligada para los estudiantes en las Escuelas de Periodismo. No soy el único que ha dicho esto.

Otro texto de antología es el relato de las duras condiciones de trabajo de los mineros del carbón. No se trata de las minas submarinas de la ENACAR (Empresa Nacional del Carbón) sino de los pirquenes, verdaderos hoyos en medio de los cerros a los cuales había que bajar en improvisados ascensores, hechos con cuerdas y neumáticos viejos. Después de la publicación de este reportaje, el suegro de Quintín, un experimentado ingeniero de minas, al ver las fotos, lo retó por arriesgarse demasiado. Se notaba que el carbón estaba reventado, es decir, que el terreno estaba blando y el cerro podía ceder en cualquier momento. Y así fue. Pocos días después, el agua inundó el pirquén. Varios mineros murieron.

Su compromiso con los hechos, y con la verdad que pudiesen estar mostrando aquellos hechos, lo llevó a una vida dedicada completamente al periodismo, con todos los costos que eso pudiese significar. Una vida con pocos fines de semana libres, muchas actividades sociales, mucha bohemia, cuando los periodistas todavía no eran “rostros” ni iban de un medio de comunicación a otro llevando una maleta de auspiciadores bajo el brazo. Eran otros tiempos, otra generación, otra manera de entender la profesión.

Detestaba a quienes no se sentían periodistas todo el día. A un periodista del canal 5 de Concepción lo retó una vez por dejar pasar una noticia; el reprendido le dio como argumento que aquel día andaba "como persona, no como periodista".

-Eres periodista las 24 horas del día- afirmaba siempre e incluso le exigía esa dedicación a su esposa, la Gaby, y se enojaba si ella, profesora de matemáticas, no anotaba las patentes de los autos después de haber visto un choque en la calle.

Hasta pocos días antes de morir, demasiado joven para mi gusto, Quintín se mantuvo activo. Hablamos por teléfono unos días antes. Iba en el Metro, camino al Colegio de Periodistas, para colaborar con la elaboración de unos textos. Cada mañana, a primera hora, despachaba un resumen de la prensa nacional, dividido por sectores, que sus amigos recibíamos de manera absolutamente gratuita en nuestros correos electrónicos. Luego, cuando terminaba de escribirlo y revisar todos los diarios, me llamaba, a eso de las 6 de la mañana, solamente para despertarme. Podía imaginar esa sonrisa malévola y pícara que le hacía brillar los ojos cuando estaba haciendo alguna travesura, porque él sabía perfectamente que yo a veces me acostaba muy tarde, un hábito que me quedó desde la época en que fui editor nocturno en Radio Cooperativa.

Unos días de silencio, el resumen que no llega y, una noche de viernes, una llamada de su hijo Francisco contándome algo que al principio no podía ni quería creer: que Quintín ya no estaba, que se había ido para siempre.

Han pasado tres años.

Las cenizas de Quintín se fueron navegando en mayo de 2009 a través del Estrecho de Magallanes, llevadas por la misma corriente a la cual, cuando niño, arrojó ollas y sartenes.

Y, como el Cid Campeador, que ganaba sus batallas incluso después de muerto, hoy me encuentro de nuevo con Quintín, cuya asombrosa obra profesional revive en estas crónicas. Leyéndolo, vuelvo a escuchar su voz, sus inflexiones, su manera de interrogar y cuestionar, con respeto pero con firmeza, a todo el mundo. Y aquí están estos textos, para deleite de sus contemporáneos y, también, para el conocimiento de las nuevas generaciones de chilenos que tengan interés en nuestra historia reciente.

Sus escritos nos cuentan, de primera mano, con los ojos de un testigo privilegiado y honesto, la pequeña y la gran historia de las últimas tres décadas, que, contrariamente a cualquier maldición china, sí resultaron ser de lo más interesantes.

La publicación de este libro es, también, un cariñoso homenaje a un mentor y amigo aunque, conociéndolo como lo hice, creo que, de haber estado vivo, habría cuestionado la idea desde sus mismos cimientos. Y creo que yo podría haber anticipado con toda exactitud su respuesta.



Comentarios

Gabriela ha dicho que…
Gracias Gilberto. Eres un gran y buen amigo
Gaby

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