“Es estimulante y esperanzador ver cómo los parisinos intentan mantener vivos los espacios de libertad y tolerancia en la vida cotidiana”


(Publicado por Claudio Pereda en CULTURA Y TENDENCIAS, 17 de noviembre de 2015). En plena última fase de su intenso documental sobre Lord Cochrane, el marino británico que juega un papel importante en las luchas independentistas de Chile, Perú, Brasil y Grecia, el periodista chileno Gilberto Villarroel vive hace más de un año en París.
Sin querer, ha sido testigo privilegiado de lamentables sucesos como la muerte de los editores de la revista “Charlie Hebdo” y ahora de los atentados del viernes 13 de noviembre.
“Todo lo que está pasando es como estar frente a una telaraña, es una frustrante sensación de impotencia e incertidumbre”, comenta el periodista de destacada trayectoria en revistas “Hoy”, radio “Cooperativa” y guionista y productor de proyectos fílmicos como “Chilean Gothic” e “Isidora”.
Villarroel cree que “el desafío es que todos, en términos sociales y culturales, se sientan bien integrados. No es fácil para un país que recibe inmigrantes de todo el mundo, es como armonizar una Torre de Babel, pero es impresionante cómo lo intentan todos los días”.
El periodista que hoy encabeza la generadora de contenidos InteriorDIA ya se siente parte de la sociedad francesa. Reconoce y destaca la vida cívica del país europeo, subrayando aspectos importantes como la mantención de la memoria y la clara distintición de lo laico y lo religioso.
Cuando conversamos contigo a propósito de lo ocurrido con la revista "Charlie Hebdo" nos decías que lo peor era el espacio de tolerancia que se iba perdiendo en Francia, subrayando que este concepto era uno de los tesoros sociales de este país. ¿Cómo ves este proceso con lo sucedido este viernes?
- La amenaza contra la libertad de expresión fue uno de los temores más grandes surgidos tras el atentado de enero contra la redacción de “Charlie Hebdo”.
Algunas personas aludieron, en su momento, como intentando dar un contexto y hasta una justificación, a las múltiples sátiras contra el fundamentalismo islámico hechas por la revista, pero recuerdo que antes de los atentados, en Navidad, había visto una portada en que la misma publicación se burlaba de los dogmas católicos.
Y en las librerías de viejo del parque George-Brassens vi ejemplares de los años 70 que criticaban la política exterior de los presidentes de Estados Unidos.  Es decir, lo que estaba en discusión en ese momento era la capacidad de poder usar el humor político en todo momento y a propósito de todos los temas.
Recuerdo haber pensado, tras participar en la marcha de repudio a estos asesinatos junto a dos millones de personas en el Boulevard Voltaire, que se iba a necesitar algo mucho más grave para afectar la tranquilidad ciudadana y la convivencia multicultural tan propia de Paris.
Pensé en eso cuando vi a los manifestantes comiendo, en esas mismas calles, comida árabe y turca que vendían los comerciantes del sector, en su mayoría inmigrantes o hijos de inmigrantes.
Una cosa era el fanatismo de unos pocos extremistas radicalizados y otra muy distinta empezar a sospechar del vecino de al lado. Y hubo nuevos golpes. En agosto, fue el ataque de un tirador marroquí contra los pasajeros del tren de alta velocidad (TGV) de la ruta Amsterdam-París.
Sin embargo, pareciera que ahora la situación avanza hacia otras direcciones…
– Claro, con lo sucedido ahora dos reflexiones me surgen de inmediato: la primera, que de nuevo se intenta atacar un modo de vida, en este caso la vida de barrio y el aprecio que tienen los franceses por las actividades deportivas y culturales. Son golpes bajo la línea de flotación, dirigidos contra una sociedad muy civilizada, destinados a crear miedo y desconfianza.
La otra, ver cómo el país va siendo empujado a una guerra contra fundamentalistas religiosos, a pesar de ser una nación laica, donde la iglesia y el Estado están separados desde 1905 y donde las leyes establecen que la religión es una actividad que cada uno puede realizar privadamente en su casa, pero no en espacios públicos como escuelas y municipios.
Aquí no hay subsidios estatales para las iglesias y símbolos como la Catedral de Notre-Dame pertenecen al ministerio de Cultura sólo porque son considerados, antes que nada, un patrimonio cultural.
El comunicado del Estado Islámico atribuyéndose los atentados decía que fue “un ataque bendito contra la Francia cruzada”. Entonces, alguien se quedó pegado en la Edad Media y no está entendiendo nada o hay un interés por crear una confrontación ahí donde no debiese haber motivos para tener una.Cuando menos, eso provoca asombro a los afuerinos como yo.
Por otro lado, muchos de los problemas que hay en los países árabes se pueden entender estudiando cómo las potencias ganadoras de las dos guerras mundiales trazaron arbitrariamente las fronteras de otras naciones, con todos los conflictos que eso trajo, y cómo en esos países hay resentimientos y el recuerdo de muchos abusos que, tal vez, se pueden rastrear hasta la época de las Cruzadas. Puede ser.
Que los atacantes identificados hasta ahora no sean sirios sino belgas y franceses, vinculados por lazos familiares con el mundo árabe, vuelve más complejo el cuadro, pues habla de situaciones internas de Francia que es preciso empezar a analizar, como lo es -justamente- la plena integración de los inmigrantes y sus descendientes. Para un latinoamericano como yo, que llevo apenas un año acá, es una realidad con muchas aristas.
¿Cuál es la primera sensación que tuviste al saber de estos hechos y cómo ha evolucionado ese sentimiento según pasan las horas?
– Estaba cenando tranquilo en mi departamento con mi mujer, cuando nos empezaron a llamar amigos desde Chile para saber cómo estábamos. Así nos enteramos que algo grave estaba sucediendo.
Ella había estado trabajando hasta las 16:30 en una oficina ubicada cerca del Boulevard Voltaire. Yo recordaba haber marchado a través de ese mismo lugar en enero, protestando contra los ataques terroristas. Estábamos impactados y tristes. Luego, rabia.
Por ejemplo, al ver las condolencias enviadas por Estados Unidos, no pude evitar recordar cómo ese país promovió y financió en secreto, entre 1970 y 1973, los atentados terroristas y los crímenes políticos para desestabilizar y, finalmente, derrocar al gobierno del presidente Salvador Allende en Chile.
La cantidad de veces en que detrás de los terroristas se esconden, a lo largo de la historia contemporánea, gobiernos y servicios extranjeros está muy documentada gracias al trabajo de muchos periodistas investigadores y es inevitable pensar, cuando ocurren estos atentados, que lo que hay detrás puede ser mucho más que un puñado de locos solitarios, estando en juego recursos naturales como el petróleo y el gas en los países que ahora está en la mira de naciones, como Estados Unidos, Francia y otras, con una poderosa industria militar y grandes intereses corporativos.Gilberto 2 Le Bataclan
Este tipo de guerras escapa al nivel de información que puede manejar cotidianamente un ciudadano y, a veces, debe pasar mucho tiempo para conocer la historia completa, tal como en los 80 la documentó Bob Woodward en su libro “Las guerras secretas de la CIA”. Es como estar frente a una telaraña. Es una frustrante sensación de impotencia e incertidumbre.
¿Cómo cambian las percepciones cotidianas con este tipo de cosas? ¿Cómo es volver a tomar un taxi, volver a los colegios o ir a ver una obra de teatro?
-Los franceses reciben educación cívica desde la cuna. Mi hijo, antes de cumplir los cinco años, fue nombrado delegado de curso en la escuela maternal.
Les enseñan a participar, a votar, a expresar sus opiniones ante las autoridades, a reunirse con ellas, aunque sea para tratar temas de la vida cotidiana, como es el caso de la escuela maternal. Pero eso deja una impronta en la gente, que cree en sus instituciones y las aprecia.
El sábado, tras los atentados, los niños y sus padres nos juntamos afuera de la municipalidad del barrio, para jugar ahí, ya que la plaza estaba cerrada.
Hace dos generaciones, el país estaba en el suelo. La mamá de mi esposa recuerda la llegada de los soldados norteamericanos a su pueblo, en el norte de Francia. Eran los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. La capacidad que tienen los franceses para levantarse es impresionante. Y no olvidan a sus muertos,  hay placas y monumentos por todos lados, correspondientes a distintas épocas.
Habrá miedo y tensión durante unos días, tal vez semanas, como ocurrió en enero, pero la gente volverá a su vida cotidiana, porque sienten que es su derecho y porque es la sociedad en la que quieren vivir.
El desafío es que todos, en términos sociales y culturales, se sientan bien integrados. No es fácil para un país que recibe inmigrantes de todo el mundo, es intentar armonizar una Torre de Babel, pero es impresionante cómo lo intentan todos los días.
También a propósito de lo de “Charlie Hebdo” nos decías en Cultura y Tendencias que este tipo de cosas parecen tener un plan. ¿Es posible detectar cuáles son las verdaderas intenciones que se esconden en este tipo de actos?
– Con los terroristas nunca se sabe si operan por convicción, por infiltración o por financiamiento. O por una mezcla de todo eso. Debe haber algunos que están convencidos de lo que hacen. Pero es muy complejo llegar a descubrir quiénes tiran, finalmente, los hilos.
Obviamente ha habido una escalada de ataques, como te decía, contra un modo de vida y contra una sociedad laica, multicultural y tolerante como ésta. ¿Por qué?¿Para qué?¿A quién beneficia más? Las respuestas a esas preguntas me superan.
Pero es impresionante cómo ha ido cambiando el enfoque de las guerras, ya dejaron de ser entre países. Se impuso, a nivel internacional, la mirada de Estados Unidos, que habla de guerras más genéricas, “contra las drogas”, “contra el terrorismo”. Es decir, cualquier lugar se puede convertir en un campo de batalla. O en un sitio a invadir.
Los latinoamericanos sabemos lo que eso significa: que el día de mañana le puede tocar a uno de nuestros países, bajo éste u otros pretextos, estar en la mira de países que siempre están en guerra.
La escala de esto es apabullante y lo único que uno puede hacer, creo, es tratar de mantener vivos los espacios de libertad y tolerancia en su vida cotidiana, en los lazos que creas con la gente que está a tu alrededor.
Y veo ese espíritu y esas ganas en los parisinos que conozco, eso es muy esperanzador y estimulante. Aunque los ciudadanos tendrán que estar muy atentos para que el gobierno, que a propósito de esta emergencia restringirá algunas libertades, no caiga en la tentación de convertir la excepción en norma, un fantasma que a los chilenos también nos resulta familiar.

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