Esta tarde vi a Dios; estaba en Angoulême

Esta tarde vi a Dios. Lo vi encarnado en la figura de un hombre de 83 años, dos más que mi padre, de gran vitalidad, como mi padre, que llegó a la estación de trenes de Angoulême rodeado de una comitiva que esperaba para llevarlo directamente a la inauguración de la exposición de sus viñetas. Me enteré porque yo había bajado cinco minutos antes del tren y vi que un taxista lo esperaba con su nombre escrito en un cartel: Hermann. Sonreí, porque ese nombre me conectó de inmediato con mi infancia, con las historietas de Bernard Prince, un ex agente de la Interpol que recorría el mundo en un yate, junto a dos amigos entrañables, siempre metiéndose en líos: golpes de Estado, revoluciones y catástrofes naturales. Descubrí el placer de la lectura con aquellas historietas, publicadas en español en la revista Mampato, que siempre incluía en sus páginas cómics de Francia y Bélgica, además de los autores chilenos. Tenían el sabor de la aventura y el ritmo trepidante del cine. Decidí esperar en la calle, aunque había cero grados, para ver a Hermann aunque fuese a la distancia.

Recordé que para el terremoto de 2010 estaba en el Cajón del Maipo, en Santiago, de vacaciones, junto a mi pareja, Anne, quien ya tenía pocas semanas de embarazo de nuestro hijo, Gaëtan. Yo estaba insomne, leyendo "La fortaleza de las brumas", una de mis historietas favoritas de Bernard Prince, antes que la tierra comenzara a moverse. Recordé que, unos años después, mi suegra me regaló en una Navidad los tres volúmenes belgas de las ediciones integrales de Bernard Prince. Y, años más tarde, un volumen unitario, con una aventura inédita. Cómics, películas, telefilmes, radioteatros y mi primera novela, "Cochrane vs. Cthulhu" (mayo de 2017, Random House Mondadori) en la que incluí un guiño a "La fortaleza de las brumas", han intentado rescatar algo del ritmo de éste y de otros grandes contadores de historias que dejaron una huella en mi vida, como tantos otros dibujantes chilenos y extranjeros de "Mampato", revista que mi papá me compraba cada semana. Me daba la plata y yo corría hasta el quiosco a buscarla.

Mi hijo de seis años ha heredado ese gusto por la BD (cómic). No podía ser de otra manera, si estaba sentado en las rodillas de Gabriel Aiquel cuando revisamos las pruebas de imprenta de "Calcetín con papa".

Anoche, en nuestro pequeño departamento en París, mi hijo leía un cómic de Lucky Luke y se reía con las torpezas de los Dalton. Hoy, en las calles de Angoulême, vi una pared completa de un edificio pintada con estos personajes y pensé en él. Pensé en la paciencia de Anne, sobrepasada a veces por el esfuerzo de editar, en ocasiones por cuenta propia, libros en los que hay más cariño que planes de negocios.

Esta tarde, como miembro de la primera misión comercial chilena que llega a Angoulême, gracias a una gestión de ProChile, mientras montábamos el stand empezamos a desembalar las cajas con algunos de nuestros títulos. Ahí estaban "Civiles No Identificados", de Rufino, una de las plumas que desafió a Pinochet en plena dictadura a través del humor, editado en un tomo compilatorio por Midia, con Teresa Vial, por nuestra cuenta y riesgo. Ahí estaba "El modelo de Pickman" (2009), con dibujos de Gabriel Aiquel y Christian Luco, basado en el relato de H.P. Lovecraft y en la película "Chilean Gothic" (2000), ganador del Fondo del Libro, exhibido en una exposición sobre novela gráfica en la biblioteca del Museo Vasco de Arte Contemporáneo, en Vitoria, en 2014, "Calcetín con papa", de Gabriel Aiquel, ganador de un Fondo del Libro, y "Abandona toda esperanza", que hicimos con el mismo Gaico por nuestra cuenta. Ver a Chago González, su alter ego, al centro de un pendón con monos chilenos, y ver dos páginas de "El modelo de Pickman" en una de las paredes del stand me hicieron recordar con tanto cariño a estos artistas chilenos, aperrados y talentosos, que se esfuerzan por llevar al papel sus sueños aunque después sufran dolor de espalda... y de bolsillo.

Pensé en nuestras pyme, en toda la gente que nos ayuda, en Carla, en Jorge, nuestro contador, en nuestras familias, en mi pareja, Anne, en mi hijo, Gaëtan, en mi hermana, Sandra, y sólo tengo palabras de cariño para todos, por la generosidad con que apoyan la aventura de editar libros en un país donde la gente lee, en promedio, un título al año, para las vacaciones. Seres queridos que ayudan a "mantener al lobo afuera, en la puerta", como dice uno de mis escritores favoritos, Bernard Cornwell. Pensé en los seguidores fieles de los cómics, que van de feria en feria en Chile, y nos saludan con los ojos brillantes, como si estuviesen esperando la confirmación de que pronto lograremos parir otro título, porque ya compraron todo lo que se edita y quieren seguir leyendo más.

Mañana, por primera vez, presentaremos un catálogo en español, inglés y francés, escrito por Carlos Reyes y Claudio Aguilera, con una selección de cien títulos chilenos de los últimos años. Hay viudos, guarenes, monstruos, oficinistas, civiles no identificados, diseñadores sin futuro, figuras históricas como Allende, vistazos al interior de los sueños de Raúl Ruiz y toda una fauna de personajes que representan lo mejor o lo peor de lo nuestro. Mientras montábamos, un editor alemán, que llega por cuarta vez a la feria (sí, hay cómics en alemán), nos pidió un ejemplar del catálogo, que le entregaremos felices mañana.

Haremos turnos para atender el stand, para mojar la camiseta y representar lo mejor posible a todos nuestros colegas chilenos, mostrar lo que hacemos en un par de charlas y ojalá abrir nuevos mercados y audiencias para nuestra incipiente industria del cómic nacional, que alguna vez, en otros años, vivió una época dorada, con grandes creadores que nos enseñaron a soñar, un virus del cual todavía no nos curamos.

Abrazos a todos desde Angoulême. El atardecer de hoy parecía un encargo hecho a Michael Mann, con tonos que iban desde al azul a un verde anaranjado. Estaremos acá hasta el lunes.









Comentarios

Entradas populares